“O como cuando un ruido por la noche se convierte en un nuevo vuelco que te da el corazón”.

Pues sí. Cuando tienes un hijo, sabes que no vas a dormir nunca igual. Sabes que va a haber despertares nocturnos; porque tenga hambre, miedo, caca, fiebre…

Pero lo que no esperas, es que ese miedo lo vayas a tener tu pensando que en vez de eso, puede estar convulsionando, o le haya fallado la válvula para la hidrocefalia, se le haya salido la traqueotomía…muchos frentes en una sola familia, en una sola personita.

Así que el miedo se instala en casa como un habitante más. Al principio quieres que se vaya, quieres dormir soñando con los angelitos como se suele decir. Quieres  calma y paz. Pero no; esa no es tu vida, el miedo acude una y otra vez, duerme a tu lado y por más que lo empujes, no se va. Al contrario, por la noche se hace grande como los monstruos de las películas infantiles. Hay noches que es injustificado, y aunque te hace levantarte una y otra vez, la respiración tranquila de tu hijo consigue arrinconarlo. Pero otras veces…otras veces es  justificado, tu hijo esta convulsionando, está enfermo, y se hace tan grande que se convierte en pánico. Pánico  a perderlo, a que esta vez algo vaya mal y no sea solo un susto.

Así pasan los días, las semanas, los meses y con suerte, los años. Con el tiempo, aprendes a que el miedo siempre va a estar ahí, y debes aprender a tratarlo. No  debes ser amable con él, ni dejarle más hueco en tu vida, porque si le dejas, lo ocupará todo.  Tampoco puedes hacer como que no existe, porque entonces se colará en los momentos de debilidad y acabará con lo bueno; con la esperanza, con la ilusión.

Y diréis, ¿Cómo se aprende a convivir con el miedo? Solo hay una manera, y se llama necesidad. Cuando no te queda otro remedio, se aprende a sobrellevarlo. Se aprende a asumir que es una parte inherente a la especie humana. Algo, que todo el mundo tiene  y con lo que todo el mundo vive. Solo que los padres más, ¡y los padres especiales aun más!

No hay que sentirse mal por tener miedo. Esa es la parte importante. Hay que darse cuenta de que es un sentimiento humano y que es normal sentirlo cuando ves que lo más importante de tu vida puede estar en peligro. Cuando puedes perder lo más preciado que tienes.

 Pero hay que ser consciente, de que la vida tiene sus propios planes, y por mucho miedo que tengas, poco puedes hacer para cambiarlos. Así que lo importante es centrarse en disfrutar de cada momento, vivir todo lo bueno que nos dan estos hijos tan especiales.

 Y cuando el miedo llame a tu puerta, (que llamara) recibirle con una sonrisa sabiendo que vas a tener que dejarle entrar; pero que a pesar de todo, nunca formara parte de ti, porque la esperanza, siempre será más grande que él.

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