Duelo por Enfermedad

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by Romina Goberna Milego
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Tras el diagnóstico de una enfermedad, la persona afectada (si esta tiene una edad en la que ya es consciente de lo que le está pasando) y su familia, pueden sentir: preocupación por su salud o su futuro, confusión, decepción, autocompasión, enfado con el mundo, vulnerabilidad, negación, impotencia,... Todas estas sensaciones son completamente normales, y no debemos sentirnos culpables por sentirlas.

Hay quien abandona toda esperanza, con el consiguiente abandono de los cuidados necesarios, hay quien mantiene la esperanza de la curación,... Cada persona lo vive de forma diferente, pero hay algo común en todas las familias tras el diagnóstico: La vida familiar, social y laboral se altera por completo, sobre todo si la enfermedad es irreversible o degenerativa, ya que toda la familia debe adaptarse a las nueva situación. En muchos casos, por no decir la gran mayoría, alguien se convierte en la sombra de la persona afectada por la enfermedad, quien deja de trabajar para estar pendiente de sus necesidades y cuidarla día y noche.

La salud es nuestro bien más preciado y cuando la perdemos o la pierde alguien muy importante en nuestras vidas, tenemos que hacernos a la idea de la realidad que nos ha tocado vivir y aceptar que se padece esa enfermedad.

El proceso de afrontamiento de una enfermedad, es en el fondo, un proceso de duelo ante una perdida, en este caso, la de la salud y/o de las expectativas de vida.

Durante el proceso de afrontamiento, es habitual tener las emociones a flor de piel, estar tristes o preocupados.

Para poder convivir con la enfermedad, es necesario superar el proceso de afrontamiento o de duelo.

La primera fase por la que pasamos es la negación, ya que la primera reacción ante la noticia es negarlo. Pensamos "no puede ser verdad", "no nos puede estar pasando eso", "seguro que se han equivocado",...

Una vez que empezamos a asimilar el diagnóstico, pasamos a la fase de enfrentamiento, ya que es común enfadarse con el mundo, sentir rabia, angustia, ira,... y sólo después de recolocar esas emociones pasamos a la fase de aceptación, en la que podemos asumir la realidad y aceptar la enfermedad. Es común en esta fase, que una vez asimilada la situación, mostremos síntomas depresivos, como estar más tristes, irritables, apáticos o ansiosos al pensar en todo lo que se nos viene encima.

Una vez superadas estas fases podemos pasar a la fase de adaptación, en la que la tarea primordial es adaptarnos a convivir con la enfermedad y sus consecuencias.

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